sábado, 25 de julio de 2015

El amor a los 40




Al próximo que me diga qué duro es tener 40 años le voy a dar la razón, pero solo en parte. Ya no tenemos 20 años, por supuesto, y eso se nota. Antes éramos capaces de irnos a trabajar de empalmada tras una noche de juerga sin dormir y, con una ducha y un café, estábamos como nuevos y con la mejor de las sonrisas. Antes éramos capaces de bailar 10 piezas seguidas de música disco sin repetir un solo paso y ahora, cuando me veo reflejada en los espejos de los bares, detecto tics que me hacían sonrojar cuando los veía en mi madre. ¿Me ha poseído el espíritu de Abba? ¡Pero si yo no había nacido cuando se bailaba con los codos pegados a la cintura! ¿Cómo puede salir eso de mí, que a los veintitantos años era la reina de las pistas?
Pero si soy sincera, lo que peor llevo es que los viajes románticos se han convertido en otra cosa. Cuando tenía poco más de 30 años viajé a Italia con el noviete del momento y no recuerdo un solo lugar donde nos sentásemos. Anduvimos como si no hubiera un mañana, como si aquello fuera 'Antes del amanecer', 'Antes del atardecer' y 'Antes del anochecer', todas juntas y sin descanso.
Creo que estuvimos escasamente dos noches en Florencia. Salíamos del hotel después de un croisant con sexo por la mañana y nos echábamos a las calles sin más rumbo que donde nos llevasen nuestros pies. Comíamos donde tocaba y cenábamos algo exótico (una pizza o algo por el estilo) antes de volver a la habitación a deshacer de nuevo la cama.
Bendita juventud aquella... Pero hay que ver cómo ha cambiado el cuento.
Hace unas semanas fui de viaje con el interesante maduro (tiene un par de años o tres más que yo) con el que me frecuento, en sociedad y en la intimidad desde hace unos meses, a París y todavía me pregunto cómo sobrevivimos.
No se puede empezar un viaje de este tipo con mejor intención: nada más llegar al hotel teníamos pensado estrenar la ducha y la cama juntos. Pero ahora en los hoteles se entra a partir de las dos de la tarde, así que tuvimos que conformarnos con entrar al baño de la recepción por turnos y dejarles en consigna las maletas antes de empezar a explorar juntos la ciudad. Por supuesto, no volvimos hasta bien entrada la noche, reventados de cansancio y con los pies hinchados como botas de après sky.
En la cabeza tenía todo lo que había idealizado sobre lo que haríamos cuando llegásemos al hotel. Había echado en la maleta un conjunto de Victoria's Secret maravilloso que él me regaló y hasta había pensado adornar mi epidermis con un par de tatuajes temporales con brillantina. Pero...
-"Si eres capaz de conseguir que me corra en menos de 10 minutos sin que yo me tenga que mover, luego te doy un masaje en los pies".
Sí, yo dije eso y no me arrepiento. Creo que con esa frase para el recuerdo inauguré una nueva etapa en mi vida.
No es lo mismo el amor a los 20 que a los 30 o a los 40 y tantos, pero creo que ahora tiene mucha más gracia. Al menos nos estuvimos riendo de mi ocurrencia hasta que, efectivamente, con su deliciosa habilidad, consiguió que nos corriésemos los dos en menos de 15 minutos.
El amor a los 40 también se ha vuelto más solidario y generoso, porque donde antes era una incómoda y terriblemente larga sesión de sexo oral número 69, ahora es un masaje mutuo de pies y piernas con aceite de almendras y esencia de lavanda.
El amor a los 40, en definitiva, es el mejor del mundo (al menos, del mundo que llevo descubierto hasta ahora) porque te puedes permitir el lujo de visitar una hermosa ciudad con una hermosa persona de la mano y sentir que el tiempo que no estáis en la cama también es una cosa preciosa.

 http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/lacamadepandora/2015/03/26/el-amor-a-los-40.html