viernes, 6 de septiembre de 2013

Tu Inocencia es mía.

 
Eres la mentira que se convirtió en realidad
de repente cuando la noche se hizo fría.
Escondida entre los rincones de un
cajoncito oscuro te hallabas callada.
Hasta que te vi, y supe de inmediato lo que eras:

Eres una flor que alimenta a cual
abeja pasa a su alrededor,
haciendo feliz a cincuenta o más,
quizá a su colmena y a su reina.
Eres como el reflejo de la luna en un
lago tranquilo, en una noche oscura pero
cálida de un verano que apenas está cayendo
sobre el valle; que aunque pierda su
figura al contacto de una mano, o una roca lanzada
al agua por esa mano, no pierde
su hermosura porque siempre llegará la calma
perpetúa en un lugar tan hechizado
por su belleza, que es, como la tuya.
Eres el niño que no comprende porque
un día alguien nunca más abre los ojos,
el plato que es minuciosamente preparado
ignorante del paladar que va a deleitar,
pero sobrecargado de perfección y placer.
Eres la fragancia que ingenuamente arropa
al cuerpo que la usa con un solo fin: hacerse inolvidable.
Eres el día que nace en cada amanecer, dulce,
brillante y sin maldad, habiendo derrotado la noche fría que
golpea las almas nobles y fortalece al oscuro tipo del tridente.
Eres la mujer de cuarenta años que siente el peso de su vida sobre la espalda,
y cuando se mira en el espejo, no más desvalida que un moribundo,
se le encoje el corazón como a una niña luego de haber
escuchado ese sonido terrorífico en el closet a media noche.
Eres la inmensa cantidad de noches que quise
que fueras mía, (y que por siempre querré)
inexistente pero llena de ternura y olvido,
con esa mezcla de sensaciones que a cualquier cuerpo le produce nostalgia,
necesidad y erección, (o humedad, según el cuerpo).
Eres los ojos del ciego cuando me miras, porque
tu virginal mirada nunca puede mantenerse
ante la mía que es avasallante, y solo se dejan caer.
El sentimiento de pertenencia que te tengo mengana mía,
no tiene que ver para nada con obsesión de ti,
o con ganas de amarte
o poseerte
o necesitarte.
Es un sentimiento efímero de que sigas siendo propiedad de la vida,
de que no dejes nunca de ser quien eres,
ni de sentir lo que siempre has sentido.
De que jamás permitas que te arrebaten la inocencia pura
que tu sonrisa le muestra al mundo cada vez que puede ser.
De que nunca dejes de tener inocencia.
Todo lo que es tuyo te pertenece: tu cuerpo, tu alma y tus pensamientos…
Pero tu inocencia, señorita de cuello desnudo blanco blanquísimo,
Tu inocencia es mía.