viernes, 6 de septiembre de 2013

El que nunca dejó de amarla.














Son tantas veces en las que pienso:
¿Por qué tuve que haber hecho que te alejaras?
¿Qué hubiese pasado si no hubiese cometido tal o cual error?
¿Qué es de tu vida ahora que estás con otro?
¿Qué es de tu vida, sin mí?

     Quizás estés perfectamente, es probable que sigas recordándome como un error, o que ya ni me recuerdes; espero por supuesto lo primero y no lo segundo. Sé qué terminaste odiándome después que todo se acabó, que todo terminó en catástrofe y melancolía. El final de nuestra historia fue ese momento en la vida donde sientes el desahucio del mundo entero, porque mi mundo eras solo tú. Pasaron días enteros donde solo mis sabanas lograban consolarme, donde mi almohada era mi mejor amiga y la única que tenia. Intenté de forma fatigante buscar refugio en otros cuerpos y otros corazones, pero como siempre, el karma malo se apareció en mi ventana y me invito a pagarle parte de mi inmensa deuda por las malas acciones que había cometido. Entonces todas las puertas se cerraron, todos los corazones estaban ocupados, y a ninguno le interesaba tan si quiera escucharme. Luego me arrepentí y me arrastre hasta ti, como cual hombre derrotado lleno de interminable dolor pide clemencia por su vida que está a punto de terminar, sin importar como viviría después, quizá esclavo de mi mismo o esclavo de ti.
     Me rechazaste, me quitaste el aliento, pusiste una almohada en mi cara para asfixiarme, intentaste estrangularme, pusiste un cuchillo en mi garganta y apretaste mi cuello hasta el punto donde sentí ardor en la yugular, me aventaste al piso y pusiste tu tacón alto en mi espalda, presionándola contra él, haciendo daño. Te alejaste lo suficiente para verme arrastrando hasta tus tobillos, no me escuchaste, no me sentiste… Fue simplemente ese dolor femenino que se convirtió en odio, el odio se transformo en desprecio y todo aquello junto creo tu maldad.
     Estabas dolida, frustrada, confundida y destrozada, se que merecía un castigo ecuánime, pero tu maldad se encargo de apuñalarme los días y las noches en las que tenia pesadillas sobre ti, torturándome con tu risa malévola, dando punzadas con dagas, perforándome el cuerpo hasta desangrarme lentamente, para verme morir de manera agonizante. Fueron noches largas, donde lo único que lograba era hundirme en mi misma miseria; y días milenarios, donde las palabras me sofocaban en vez de ayudarme a respirar. Esos días acabaron transformando mi sentimiento de culpa en necesidad de maldad, y por eso, destroce muchas ilusiones los meses posteriores a ti.
     Tiempo después, luego de encontrar de nuevo una especie de equilibrio interno resolví en reflexionar acerca de ti, la conclusión fue: Nunca dejé de amarte. 
     Porque aunque me hayas hecho daño sin razón, acabando con mis ganas, apagando mi luz y reprimiendo mis lágrimas sin siquiera dejarme llorar; no pude dejar de amarte, y no se trata de masoquismo o desventura, es que te amé como a nadie, y aunque ya no me importes o no sepa nada de ti, eso no me impide amarte. Cuando se ama, no se puede odiar jamás, quizá solo se siente pena por esa persona, pero nunca odio.
Esto es una memoria más que suprimo de mi corazón y mis pensamientos, se la entrego al mundo para que sea de ti, de mí y de Dios.
Espero que tu vida esté perfectamente, me es necesario que así sea.

Atentamente: El que nunca dejó de amarla.