viernes, 9 de agosto de 2013

Hacer dinero, ¿tiene algo de malo?

¿Qué opina usted, lector, de alguien que tiene como finen su vida, si no único, pero sí de primer orden, hacer dinero? Si usted tuviera ese fin, ¿lo confesaría abiertamente? Es más, ¿lo confesaría con orgullo, deseando que ese fin fuera compartido por más, ¡mucha más!, gente? Hacer dinero, frente a otros posibles fines, ¿no resulta algo casi casi digno de reproche? ¿Usted apoyaría una educación centrada en inculcar, si no de manera única, pero sí central, el afán de hacer dinero? Para contestar acertadamente hay que tener claro qué significa hacer dinero, ¡sobre todo si por ello entendemos, tal y como hay que hacerlo!, algo más que imprimir billetes y acuñar monedas, algo más que es, ¡ni más ni menos!, la clave del progreso económico, mismo que se le debe a quienes tienen como objetivo hacer dinero.



Si el afán de hacer dinero supone algo más, de hecho algo anterior, que imprimir billetes y acuñar monedas, ¿en qué consiste ese algo más, que de hecho es algo anterior? Para responder caigamos en la cuenta de que el dinero no es más que el medio de intercambio de la riqueza, lo cual supone que primero debe producirse esa riqueza y luego, solamente luego, producirse el dinero (relación que, dicho sea de paso, es la clave de la buena política monetaria, la que tiene como fin preservar el poder adquisitivo del dinero), lo cual quiere decir que, salvo en el caso del ladrón, o del suertudo que se saca la lotería, o de aquel que hereda, hacer dinero supone producir riqueza, siendo que la riqueza no consiste en el dinero, sino en los bienes y servicios con los que satisfacemos nuestras necesidades, de tal manera que el que tiene como fin hacer dinero tiene como objetivo producir bienes y servicios con la intención de venderlos, y será capaz de hacerlo siempre y cuando los mismos satisfagan correctamente las necesidades de los consumidores. Entonces, ¿qué supone tener como fin hacer dinero? Algo muy claro, aunque no por ello sencillo de lograr: beneficiar —ofreciéndole lo que necesita para satisfacer sus necesidades, gustos, deseos o caprichos— al consumidor, momento en el cual alguien podrá repelar y decir que de qué vale ese beneficio si al consumidor se le cobra por lo que se le ofrece, ocasión para responder que no hay mejor muestra de que efectivamente se sirve al consumidor que el pago que éste realiza, libremente, por aquello que se le ofrece.

  Hacer dinero, si para hacerlo no se ha de recurrir, ni al robo, ni a la lotería, ni a la herencia, supone producir bienes y servicios, es decir, satisfacer correctamente las necesidades del consumidor y, por ello, generar riqueza. Vistas así las cosas, ¿tiene algo de malo que alguien tenga como fin hacer dinero? Lo dicho: si por hacer dinero entendemos algo más que imprimir billetes y acuñar monedas, ese algo más es la clave del progreso económico, cuya causa eficiente es quien tiene como fin hacer dinero, ¡producir riqueza!