miércoles, 14 de agosto de 2013

#Comunismo y nazismo, #hermanos #gemelos

A pesar de su popularidad, sobre todo en Suramérica, la teoría que pretende que el comunismo es una corriente totalmente opuesta al fascismo, es infundada y caduca. El comunismo y el fascismo son dos hermanos gemelos, dos doctrinas que comparten rasgos fundamentales comunes, desde el punto de vista ontológico e ideológico. Esos dos totalitarismos, sin ser idénticos, comparten el hecho inaudito de haber implantado dos sistemas criminales de gobierno basados en la violencia y en la destrucción en masa. El comunismo y el fascismo son la emanación de una misma matriz: el socialismo. Esa corriente ideológica fue el caldo de cultivo de donde nacieron dos mesianismos que, en el siglo XX, estuvieron a punto de destruir la civilización humana.
Imagen: libertaddigital

César Rodríguez Garavito, director del Centro de Estudios Socio jurídicos de la Universidad de Los Andes, de Bogotá, no está al corriente de eso. El estima[1] que entre esas dos corrientes hay un abismo insondable. Que el fascismo es un extremismo “de derecha” y que el comunismo es su contrario: un extremismo “de izquierda”. Que entre los dos no hay nada en común, que los dos “están en las antípodas”. Pensar lo contrario es incurrir, según él, en un “esperpento ideológico”. El aduce que negar esa teoría equivale a “cerrarle todo el espacio ideológico a la izquierda democrática”. 

Ese razonamiento erróneo muestra hasta qué punto la cultura marxista ha penetrado la universidad colombiana y congelado lastimosamente la evolución de la ciencia política del país.

El profesor Rodríguez evoca cinco sociólogos y politólogos que no han abordado sino de lejos esa temática. En cambio, el no parece reconocer los trabajos pioneros de Hannah Arendt, Raymond Aron, Claude Lefort, Alain Besançon, Robert Conquest, Martin Malia, Elie Halévy, Jean-François Revel, François Furet y Stéphane Courtois, conocidos intelectuales que produjeron los mejores estudios universitarios sobre el totalitarismo y sus dos atroces caras. Las obras de Alexandre Soljénitsyne, Vassili Grossman y Varlam Chalamov mostraron al mundo el Goulag soviético en todo su horror.

Si se examinan bien las cosas, en el pensamiento de los padres fundadores del socialismo “científico” se encuentran las semillas del control total de la sociedad, del Estado-partido, del genocidio, conceptos que son presentados por ellos como armas legítimas para edificar una sociedad perfecta, para forjar una humanidad radiante y desalienada. 

Federico Engels pedía, en 1849, la exterminación de los húngaros, quienes estaban en plena rebelión contra Austria. En un artículo que envía a la Nueva Gaceta Renana, de su amigo Karl Marx, él aconseja eso y arrasar también a los serbios y a otros pueblos eslavos, así como a los bretones, los vascos y los escoceses. En un artículo de 1852 para esa misma revista, Marx, quien tratará más tarde de “negro judío” a su eminente rival Ferdinand Lassalle, se pregunta, por su parte, cómo hacer para liquidar “esos pueblos moribundos, los bohemios, los corintios, los dálmatas, etc.” ¿Puede alguien extrañarse de que Lenin, discípulo de esos dos célebres agitadores, fuera partidario de “barrer de la tierra esos insectos dañinos”, el enemigo burgués? ¿De que tras el golpe de Estado bolchevique, en 1917, Lenin apodara la comisaría de Justicia “comisaría de la exterminación social”? Lenin sabía que la realización integral del bolchevismo no se podía alcanzar sin apelar al totalitarismo. 

Los fundadores del socialismo “científico” creían en la pretendida superioridad racial de los blancos. En las notas previas a la redacción de su Anti During, Engels, escribe: “Si, por ejemplo, en nuestros países, los axiomas matemáticos son perfectamente evidentes para un niño de ocho años, sin tener necesidad de recurrir a la experimentación, eso es a causa de la ‘herencia acumulada’. Por el contrario, eso sería muy difícil de enseñar a un bosquimano o a un negro de Australia.”

El concepto de raza obsesionaba a los autores del Manifiesto Comunista. Engels escribe en 1894 a un tal Borgious: “Para nosotros, las condiciones económicas determinan todos los fenómenos históricos, pero la raza es, en sí, un dato económico…” Engels despreciaba a los eslavos y estimaba que ellos no podrían acceder a la civilización. En un texto para la Nueva Gaceta Renana, del 15-16 de febrero de 1849, dice: “Fuera de los poloneses, los rusos y quizás los eslavos de Turquía, ninguna otra nación eslava tiene futuro, pues todos los otros eslavos carecen de las bases históricas, geográficas, políticas e industriales que son necesarias para la independencia y para la capacidad de existir. Naciones que no han tenido jamás su propia historia, que apenas alcanzan el grado más bajo de civilización… no son capaces de vida y no pueden jamás alcanzar la menor independencia.” Federico Engels consideraba que esa “inferioridad” eslava tenía causas “históricas”, y empeoraba su planteamiento al concluir que la mejora de eso era imposible por el factor de la raza. 

Los comunistas no exterminan a los “enemigos del socialismo” invocando como pretexto la raza, como hicieron los nazis. Las exterminaciones comunistas fueron y son hechas bajo un pretexto de clase. De ambos lados los muertos fueron y son, en todo caso, millones de personas. Sin embargo, el principio clave de esas dos corrientes criminales es idéntico: es legítimo destruir todos los grupos raciales o sociales que erigen obstáculos a la realización del ideal socialista o nacional socialista. Los 85 millones de muertos dejados por el comunismo únicamente en Rusia y China son el resultado de esa mentalidad. ¿En ese contexto cómo puede decirse que el comunismo es más de “izquierda” que el nazismo?

El economista austriaco Friedrich von Hayek en su obra La Route de la servitude (1944), escribe que los nazis “no se oponían a los componentes socialistas del marxismo, sino a los componentes liberales, al internacionalismo y a la democracia”. Jean François Revel, autor de La Tentation totalitaire, recuerda que Hitler se consideró siempre como un socialista, que él había explicado a Otto Wagener[2] que sus desacuerdos con los comunistas eran “menos ideológicos que tácticos”. Revel agrega que ante los insípidos reformistas de la socialdemocracia en la época de la República de Weimar, Hitler prefería a los comunistas y que éstos le pagaron con creces esa actitud votando por él en 1933. La obra del filósofo alemán contemporáneo Ernst Nolte demuestra la importancia determinante y directa del marxismo en el nacimiento del nacional-socialismo[3]. 

¿Antípodas el nazismo y el comunismo? Fabricada por la propaganda leninista, esa visión no explica por que Stalin ayudó a Hitler a escamotear las prohibiciones del tratado de Versalles respecto del rearme alemán y por qué, más tarde, firmó el pacto germano-soviético de 1939, que desató la segunda guerra mundial y que fue aprobado por los partidos comunistas del mundo, incluido el colombiano. ¿No felicitó Stalin a Hitler, en junio de 1940, por su invasión de Francia? 

¿Y Mussolini? ¿No era él un ferviente opositor de la guerra colonial en 1911, un fogoso orador antinacionalista, director del diario socialista Avanti y creador, con el apoyo de garibaldistas, socialistas, sindicalistas, anarquistas y socialistas revolucionarios, de Il Popolo, antes de hacerse expulsar del PS en 1914 y de convertirse en partidario de la guerra, de la aventura colonial y en jefe del partido fascista?

El debate sobre el paralelismo entre comunismo y nazismo ha conocido un notable progreso en los últimos años, gracias a la apertura de los archivos soviéticos y de los testimonios de los sobrevivientes del terror en Rusia y en la ex Europa del Este, cuyos primeros elementos aparecieron, es verdad, incluso antes del famoso discurso “secreto” de Khrushchev, de febrero de 1956, durante en XX congreso del PCUS.

El nazismo y el comunismo son doctrinas y regímenes igualmente criminales. Por su extensión y por sus metas, los genocidios por ellos cometidos son comparables, a pesar del carácter único de la Shoah. Sin embargo, si los nazis masacraban a los judíos por haber nacido judíos, los comunistas masacraban individuos, grupos y poblaciones enteras por pertenecer a una clase social, como los burgueses y los llamados kulaks, o por cumplir con las cuotas y las indicaciones estadísticas de destrucción en masa dadas personalmente por Stalin. Los comunistas no asesinaban a los judíos por ser ellos miembros de una “raza inferior”. Lo hacían luego de clasificarlos como miembros de una clase social “irrecuperable”, por lo tanto exterminable. En ambos casos la razón de esas condenas era haber nacido.

Pese a todo ello, el juicio que muchos se hacen hoy sobre los dos totalitarismos es diferente. Las atrocidades del nazismo fueron juzgadas y condenadas por tribunales, comenzando por el de Nüremberg. El régimen hitleriano es hoy reprobado por todo el mundo y es abundante la literatura, la documentación y los filmes que denuncian esa monstruosidad. En cambio, el comunismo y sus crímenes, por haber hecho parte la URSS del bloque que ganó la segunda guerra mundial, han sido eclipsados, amnistiados. De la descripción de los crímenes nazis el comunismo sacó una ventaja: desviar la atención sobre los crímenes de Lenin y Stalin. Y el “antifascismo” se convirtió, como dijera François Furet, en el “criterio esencial para distinguir los buenos y los malos”[4]. El derrumbe interno del régimen comunista de la URSS y Europa del Este señaló el triunfo de la democracia pluralista. El desafío de las nuevas generaciones es lograr que un alto tribunal internacional, condene solemne y universalmente el comunismo, para que esa pesadilla, como la del hitlerismo, no se repita. Los primeros pasos para lograr esto ya comenzaron en Europa. En Colombia parece que muy pocos lo saben. 

Llama la atención que el profesor Rodríguez, luchando contra los hechos y contra la historia, intente disculpar el comunismo al no catalogarlo siquiera como un totalitarismo sino como un vago “autoritarismo”, y se pierda en distinciones arbitrarias al decir que el fascismo fue un fenómeno “urbano” mientras que el comunismo habría tenido un origen “campesino”. 

A pesar de su retórica antimarxista, el nazismo fue, en realidad, como el comunismo, un movimiento jacobino, igualitario y plebeyo. Por eso los rasgos comunes entre ellos son notables. El historiador Jean Sévillia, los resume así: “culto del jefe, partido único, fusión del Estado y del partido, dislocación de la sociedad civil por ese aparato, obligación de adherir a la ideología del régimen, conversión de la política en guerra, movilización de las masas, propaganda permanente, vigilancia de los espíritus, mecánica represiva, exacerbación de la violencia, desprecio del derecho, eliminación de las élites tradicionales, reclutamiento de la juventud, odio de los valores antiguos y de toda religión.”[5]

¿El antisemitismo es un crimen únicamente “de la derecha”? Eso es lo que siempre trató de hacer creer Moscú. Sin embargo, en la URSS el antisemitismo siempre existió y sus efectos no fueron únicamente internos. Después de haber votado a favor de la creación de Israel, y de algunas semanas de entusiasmo por ese joven Estado, la URSS regresó a las posiciones clásicas de hostilidad del marxismo-leninismo y contestó la legitimidad de todo proyecto emancipador del pueblo judío. Tal hostilidad es una herencia de Karl Marx quien mostró su antipatía visceral por el judaísmo en La Cuestión judía, opúsculo escrito en 1843-1844, donde él llega a dos conclusiones terribles: “Cuando la sociedad logre suprimir la esencia empírica del judaísmo, y suprimir el tráfico de sus condiciones, el judío devendrá imposible” y “La emancipación social del judío, es la emancipación de la sociedad del judaísmo”. Alérgico a la alteridad, a la singularidad judía y de otros pueblos, Marx pretende que la revolución es el advenimiento a una humanidad purificada de las taras del judaísmo y de las otras alteridades, lo que explica por qué el progresismo de hoy aspira a una sociedad sin clases, uniforme, de seres “genéricos”, es decir exclusivamente “sociales”, exenta de intereses privados, singulares y plurales. 

El escritor ruso Vassili Grossman y el historiador ruso Arkadi Vaksberg, llegan incluso a hablar de una “revancha póstuma” de las concepciones raciales del III Reich pues, a diferencia de lo que ocurrió en los años 1920 y 1930, el punto 5 de las hojas de vida y de los pasaportes devino después en la URSS, según ellos, más importante que el punto 6: el origen étnico prevalecía sobre el origen social. “A través de la actitud respecto de Israel y, más generalmente, de la población judía, el Kremlin renegó de la teoría de clases y del internacionalismo marxista (…) Destruido en los campos de batalla, el nazismo renacía triunfalmente en la esfera ideológica. (…) ‘Patriota’ devino sinónimo de ‘ruso’ –entiéndase étnicamente ruso— mientras que el occidentalismo era identificado al judaísmo.”[6]

Los ejemplos acerca de la cercanía entre nazismo y comunismo son muchos. Resumirlos excede los límites de este artículo. No obstante, la actualidad de esta discusión en Colombia es enorme. Ello explica quizás la virulencia de la respuesta del profesor Rodríguez contra el ex ministro Fernando Londoño mediante la cual el primero pretende clausurar el debate y estigmatizar una vez más a quienes intentan hacer avanzar la reflexión política.

Fernando Londoño habla, con razón, de una “tenaza fascista que se cierra” sobre Colombia. Lo que ocurre en Venezuela, Ecuador y Bolivia debe abrirnos los ojos. ¿Puede haber un fascismo de izquierda en América Latina? La respuesta es sí. El debate sobre el experimento “bolivariano” muestra una vez más que la frontera entre comunismo y fascismo es frágil. En la aventura chavista cristalizan y se mezclan con rara intensidad los dos elementos: por una parte, el leninismo agresivo y el castrismo belicoso y retrógrado, cuya síntesis pretende ser hecha por Marta Harnecker, y el extremismo de derecha, por el otro, militarista, antisemita y fascista del señor Ceresole, iluminado argentino cuyos textos hacen parte, también, del arsenal teórico central de los cuadros chavistas. El mimetismo de Chávez ante el régimen de La Habana, su convergencia con el proyecto ruso-nacionalista de Putin y con la dictadura islamista iraní, que pretende borrar de la faz de la tierra a Israel (y a los Estados Unidos), es la consecuencia práctica de las chapucerías ideológicas y económicas del chavismo y de la izquierda post-soviética y “alter-mundialista” que lo apoya, fascinados como están todos ellos por el islamismo militante, forma extrema y altamente eficaz, según ellos, de “anti-imperialismo”.

Sería irresponsable ignorar que desde el derrumbe de la URSS se forja una convergencia internacional neo-totalitaria (que el 11 de septiembre de 2001 no ha hecho más que acelerar). El politólogo francés Alexandre del Valle describe[7] así ese nuevo fenómeno: “Preconizando la lucha de las civilizaciones y de las religiones, declarando después la guerra al mundo judaico-cristiano en nombre de los ‘desheredados’ del resto del planeta, [el islamismo revolucionario] seduce tanto a los nostálgicos del tercer Reich pagano, decididos a erradicar el judaísmo y el cristianismo, como a los partidarios de la hoz y el martillo, dispuestos a combatir el Occidente ‘burgués’ y el ‘capitalismo’”. El chavismo y sus amigos latinoamericanos están lejos de oponerse a esa nueva convergencia totalitaria. Por el contrario, todos ellos se sienten poderosamente atraídos.

¿En ese contexto, cómo aceptar la pintura ingenua que algunos hacen del régimen chavista como un gobierno de izquierda ordinario que no amenaza las bases de la libertad en el continente? Cómo podría hablarse en Colombia de una pretendida “izquierda democrática” que le hace el juego a Chávez y pretender, al mismo tiempo, “servirle” al pueblo colombiano? En Colombia, los amigos de Chávez, el Polo Democrático Alternativo y ciertos liberales “de avanzada”, no son una “izquierda democrática”. Si el Partido Comunista Colombiano, núcleo en crisis pero núcleo dirigente del PDA, encarnara una izquierda “democrática”, ya habría cambiado de nombre y de programa y ya habría roto pública y realmente toda connivencia, directa o indirecta, con las Farc y demás bandas armadas “de izquierda” del país. Y ya habría repudiado la empresa subversiva castro-chavista que intimida a Colombia. El PDA no ha hecho nada de eso. Por el contrario, se hunde cada día más en un pantano de compromisos obscuros sin dejar de agitar el esperpento de la guerra civil y del odio de clase.

Este debate sobre el neo-totalitarismo es fundamental para Colombia, y es de alcance filosófico y político pues la lucha contra esa empresa destructora no será únicamente policiaco-militar, sino también política, filosófica, social y cultural. Esa lucha no es fácil, desde luego, pues los enemigos de la democracia, del ejercicio de la razón crítica y de la economía liberal están bien implantados. Quizás la prédica “progresista” contra el “imposible” fascismo de izquierda del profesor Rodríguez es un mensaje: no tocar ese tema que puede abrirle los ojos a muchos.



Autor: Eduardo Mackenzie